CAPÍTULO 81 - EL FIN DE UNA ERA ---- CHAPTER 81 - THE END OF AN ERA
[1] 'Con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones' ('With the bombs the braggarts throw, the women of Cádiz make ringlets from them') is a popular folk couplet from Cádiz whose origins date back to the Napoleonic siege of the city between 1810 and 1812. For more than two years Cádiz resisted the French siege without being taken, and popular tradition held that the women of Cádiz would adorn their hair with fragments of fallen bombs, turning danger into mockery. The verse, celebrating the wit and irreverence of Cádiz in the face of adversity, survived in the popular speech of the Campo de Gibraltar for generations. In Rosario's mouth, the reference to matrons arriving from Cádiz is not merely a joke: it is a reminder that the knack for outwitting whatever comes from outside has a long history in these parts.
[2] La brigadilla was the popular name given in the Campo de Gibraltar and the surrounding district to the agents of the Fiscalía de Tasas, an organisation created by the Franco regime in 1940 to combat the black market and wartime profiteering. Unlike the Guardia Civil, who controlled roads and railway stations, the brigadilla had authority to search private homes for contraband goods, which made them especially feared. Their agents were well-known figures in the towns of the Campo, where everyone knew who they were and where they might turn up. The fines they imposed amounted to twice the value of the confiscated goods, which could prove economically devastating for a family dependent on small-scale smuggling to survive.
[3] El cuarterón was the popular unit of measurement for loose-leaf tobacco, equivalent to 125 grams, or roughly a quarter of a pound. In post-war Francoist Spain, tobacco was one of the scarcest and most sought-after commodities on the black market. That which arrived from Gibraltar — Virginia leaf, or 'rubio' as it was known locally — was of a quality far superior to the harsh, poorly cured national tobacco distributed by the state monopoly, the Tabacalera. The matuteras smuggled both loose tobacco in cuarterones and cigarettes by the carton, in well-known brands such as Gold Leaf and Craven 'A'. Both were concealed in corsets, sewn into petticoats, or distributed in small portions about the undergarments. The brigadilla knew this perfectly well — and knew precisely where to look.
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Ya entrado el otoño, y como cada día, el Punta Europa salía del
muelle de Algeciras a las 07:30 en punto con la puntualidad de siempre y con el
mismo pasaje de siempre: trabajadores del arsenal, empleados de comercio, y muchas
matuteras. Estas últimas reconocibles a primera vista no por lo que llevaban,
que de momento iban de vacío, sino por lo que eran: mujeres de mediana edad,
con su ropa de diario y sus cestos vacíos al brazo y esa expresión de quien ha
madrugado demasiado y ha dormido demasiado poco y sin quejarse.
John y Andrew ocupaban su sitio de siempre en la proa, de cara al Peñón
que justo al salir de la bocana del puerto, iba creciendo despacio. Juan, el
Mascota, como le conocían en el muelle, se sentaba cerca de ellos con el
cigarrillo ya encendido y su saludo habitual a las caras conocidas que cruzaban
la bahía con él a diario.
─ ¿Qué pasa, Andrés? ¿cómo estamos? ─dijo.
Era su manera de iniciar la charla.
─ Tirando, Juan, tirando ─respondió Andrew ─ ¿Y usted?
─Pues igual, tirando ─dijo Juan. Y después de una pausa, bajando
levemente la voz ─aunque como se está poniendo el ambiente, uno no sabe muy
bien hasta cuándo.
Andrew lo miró un momento. John también.
─ ¿Ha oído algo? ─preguntó Andrew, en el mismo tono.
─Nada que no sepáis ustedes mejor que yo ─dijo Juan, mirando a John ─ pero
se nota. Se nota en el ambiente.
Fue entonces cuando Carmela, que estaba escuchando desde el banco más
próximo con ese disimulo que dan los años de práctica, se permitió intervenir.
Lo hizo sin volverse del todo, casi de soslayo como quien reflexiona consigo
misma hablando en voz alta.
─Lo que se nota ─dijo ─ es que dicen que van a traer más matronas. Que
van a reforzar los cacheos.
Rosario, a su lado, le lanzó una mirada rápida. Pero el rumor ya estaba
en el aire y el aire del Aline inspiraba confianza, la confianza de gente que
se conoce de años.
─ ¿Más matronas? ─dijo Francisca desde el otro banco, sin poder
contenerse ─ ¿Quién ha dicho eso?
─Lo decían ayer en la cola de la aduana ─dijo Carmela ─que alguien había
oído que venían de Cádiz.
─[1]Las
gaditanas que sigan haciéndose tirabuzones ─dijo Rosario haciendo reír a todos.
─Pues esta vez parece que va en serio ─insistió Carmela ─y no es solo
eso. La [2]brigadilla
está apretando por aquí también. La semana pasada registraron tres casas en La
Línea buscando [3]cuarterones de tabaco.
─A mí me registraron el año pasado ─dijo Francisca, con una calma que
daba más miedo que la indignación ─ se llevaron dos cartones de Gold Leaf, dos
cartones de Craven “A” y una lata de café. Y encima multa.
─ ¿De café? ─preguntó alguien.
─ El café también ─dijo Francisca.
Hubo un silencio breve y expectante.
─Lo que me preocupa ─dijo el Mascota, echando el humo despacio
hacia un lado ─ no es la brigadilla ni las matronas. Lo que me preocupa es que
a Franco se le ocurra apretar la frontera de verdad. Que un día de estos decida
cerrarla. Y entonces sí que estaremos todos fastidiados.
Andrew asintió levemente. Conocía ese miedo. Lo compartía, aunque desde
otro ángulo.
─España va a entrar en la ONU ─dijo John, en el tono de quien pone un
dato sobre la mesa sin saber muy bien qué hacer con él.
─Pues que aproveche ─dijo Rosario.
Algunas risas. Breves, discretas, como convenía.
El Peñón seguía creciendo despacio mientras el Aline cortaba la
bahía con su constante parsimonia de siempre.
─Yo lo que digo ─intervino Luisa, que hasta ese momento no había abierto
la boca ─ es que mientras podamos trabajar en Gibraltar, tendremos vida. El día
que cierren esto, Dios nos ampare.
─No lo cerrarán ─dijo Andrew, con más convicción de la que quizás
sentía.
─Andrés ─dijo el Mascota, mirándole con esa tranquilidad suya de
hombre que sabe lo que sabe sin haber leído demasiado ─con Franco nunca se
sabe. Además, es gallego, y dicen que si te cruzas con un gallego en una
escalera nunca se sabe si sube o si baja.
─ ¿Y eso qué quiere decir? ─preguntó John.
─Quiere decir que nunca sabremos lo que hará Franco hasta que esté
arriba o abajo de la escalera.
Nadie respondió. El motor del Punta Europa siguió su cadencia. Y
el Peñón, impasible como siempre, esperaba al otro lado de la bahía sin dar
ninguna pista de lo que pensaba sobre el asunto.
[1] Con
las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones.
Copla popular gaditana cuyo origen se remonta al sitio de Cádiz por las tropas
napoleónicas entre 1810 y 1812. Durante más de dos años, la ciudad resistió el
asedio francés sin ser tomada, y la tradición popular atribuyó a las mujeres
gaditanas el gesto de adornarse el pelo con los fragmentos de las bombas
caídas, convirtiendo el peligro en choteo. La copla, que celebra el descaro y
la guasa gaditana frente a la adversidad, se mantuvo viva en el habla popular
del Campo de Gibraltar durante generaciones. En boca de Rosario, la referencia
a las matronas venidas de Cádiz no es solo un chiste: es la constatación de que
el ingenio para burlar lo que viene de fuera tiene en esta tierra una larga
historia.
[2] La
brigadilla era el nombre popular con que se conocía en el Campo de
Gibraltar y su comarca a los agentes de la Fiscalía de Tasas, organismo creado
por el régimen franquista en 1940 para perseguir el mercado negro y el
estraperlo. A diferencia de la Guardia Civil, que controlaba los caminos y las
estaciones de tren, la brigadilla tenía competencia para registrar domicilios
particulares en busca de mercancía de contrabando, lo que la hacía
especialmente temida. Sus agentes eran figuras conocidas en los pueblos del Campo,
donde todo el mundo sabía quiénes eran y dónde podían aparecer. Las multas que
imponían equivalían al doble del valor de la mercancía incautada, lo que podía
suponer un golpe económico devastador para una familia que dependía del pequeño
estraperlo para subsistir.
[3] El cuarterón
era la unidad de medida popular para el tabaco de picadura, equivalente a 125
gramos. En la España de la posguerra y el franquismo, el tabaco era uno de los
productos más escasos y más demandados del mercado negro. El que llegaba de
Gibraltar, Virginia o “rubio” principalmente, era de una calidad muy superior
al tabaco nacional, áspero y mal curado, que el régimen distribuía a través de
la Tabacalera. Las matuteras traían tanto tabaco de picadura en cuarterones
como cigarrillos en cartón, de marcas como Gold Leaf o Craven "A",
ampliamente conocidas en el Campo de Gibraltar. Unos y otros se ocultaban en la
faja, cosidos en las enaguas o repartidos en pequeñas porciones entre la ropa
interior. La brigadilla lo sabía, y sabía también dónde buscar.



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